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Camino a la fe

Fue por la invitación de una amiga que accedí a viajar a San Expedito y ver, a prueba de creencias, qué pasa cuando llegás a ese lugar.

Que tuviésemos que ir a San Juan, como mendocinas, a pedir un milagro deja más que un mensaje en lo anecdótico de la jornada. Son esas tretas inexplicables que se nos presentan en la vida, como una rareza que insiste en presentarse con absoluta normalidad.

Lo cierto es que -y como casi siempre sucede- fue por la invitación de una amiga que accedí a viajar a San Expedito y ver, a prueba de creencias, qué pasa cuando llegás a ese lugar.

Desde la ruta, el viaje no es para nada encantador. Solo la fuerza de la amistad puede ayudar a que los pozos y parches en una ruta desprolija, digna del ahogo de los desesperados, nos permita transitarla con la baja curiosidad de saber que hay al final del camino emprendido.

Así fue que llegamos al destino encandiladas por ese sol que no se animaba a salir totalmente para acompañarnos a un lugar donde hasta la fe cuesta que se asome.

Por una calle de tierra que parecía abrazarnos a medida que avanzábamos el calor se hacía cada más incómodo, en un lugar que no era el nuestro. Hasta allí cuatro mujeres estacionaron el vehículo en medio de la vía de un tren que atraviesa vidas abandonadas por todos y hasta, pareciera, por el Santo que fuimos a rezar.

Si la fe era poca, la tierra y el paisaje me hizo luchar contra el pensamiento que atraviesa apenas pisé ese suelo marrón: si las causas ahí son urgentes ¿por qué la demora y la quietud están tan presentes?

Entramos, caminamos y saludamos libremente sin la necesidad de presentar carnet de extranjeras ante las miradas de los paisanos que certificaban que lo éramos.

Y nos recibieron con la miseria en la punta de la lengua antes que la palabra como saludo. Familias acostumbradas a vivir “del turismo” -literalmente- se acercaban a pedir lo que fuera y que estuviésemos dispuestas a desprendernos a cambio de una estampita. En las filas de los autos se podía saber quiénes eran reincidentes porque llegaban provistos de bolsas de comida y ropa que les son arrancadas de las manos con el permiso suave de poder tener algo primero, antes que los otros.

Luego, unos senderos que se confunden entre sí se pierden a medio camino para dejar ver la entrada principal que es un ancho pasillo con mesones que exponen desde yuyos para sanar malestares, yerbas y hasta el Santo en todas sus formas. Los sahumerios ordenados por colores son casi la atracción principal del paseo de compras. También hay muchas cintas rojas y largas que cuelgan en cada poste recordando a que santo se va a adorar.

La capilla es como son las que siempre tienen los que atraen muchedumbre: pequeñas, humildes, frías, oscuras y limpias. Un altar y a la derecha la figura que nos mira con la compasión justa para hacernos sentir bien. La fila de gente para saludar se arma sin hablar porque el silencio es lo más importante. Una vez que nos toca estar enfrente, la charla es entre dos. Las promesas y los cumplidos no se dicen en voz alta.

Y luego nos despedimos del lugar. Pero antes y para justificar un poco más el viaje, la salida se hace más lenta paseando una vez más por el mercado protegido por una media sombra verde bastante ajeada.

Buscamos un baño, rodeamos una plaza donde la falta de verde nos ahuyentó de pasar por ahí. Miramos por unos minutos las letras enormes y rojas apoyadas al costado del camino que nos dicen donde estamos, a la vez que enfrentan a una hilera de casas donde jóvenes en la vereda toman una cerveza, tal vez la primera, de un largo sábado.

Nos fuimos y extrañamente no hablamos de lo que pasó ahí. Algunas cargadas de esperanzas y otras aliviadas por la misión cumplida; los temas de conversación fueron demasiados mundanos hasta que el sueño en la ruta se volvió peligroso.

Tal vez, la incertidumbre de lo que vendrá ahora nos hizo ser más discretas. Pedir es tan humano como creer, callar y tratar de salvarnos.

En la capilla, en un momento la oración que firma y compromete a cualquier ser humano que cometa el honor de rezarla dice que si “el encargo” se cumple pues hay que contarlo para que muchos más crean y veneren al Santo.

Un pacto al que respetaré en tiempos donde la fe anda escaseando.