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En estas Fiestas ¿se come o no se come?

Los tiempos de crisis infinita, donde las preguntas importan menos que las respuestas, han tenido su transformación. Más que preguntarnos qué vamos a comer, vamos camino a consultar si vamos a comer. Igual, la mesa se arma… y afuera.

Nuestro foco de atención en estas Fiestas está tan dirigido que nos interesa poco si las pasamos con familiares a quienes no vemos en todo el año o con ese grupo reducido de individuos que se arrincona para estas fechas. La poca actitud navideña -la misma que falta en las calles y que nos surge como una cuestión de supervivencia- solo está puesta en la mesa y en lo que logremos poner en ella para que, al fin, marque la diferencia y sea una noche buena como la merecemos.

“Son tiempos donde hay que amoldarse”, me dijo la señora en el supermercado donde se forman largas filas para comprar carne. “Y sí”, le respondí, mientras hacíamos lugar al señor que, con cara de jefe a cargo de hacer un agasajo para sus empleados, llevaba chivitos y chanchitos recién llegados de Frozen, no aptos para los niños menores de dos años que puedan lastimar su alma con semejante cuadro siniestro. Porque, tranquilos y que no venga la envidia, cuando vean mucha carne para un asado y esos animalitos en cantidades el que compra es el jefe; si hasta se lo ve despeinado de tanto sacar cuentas para saber si conviene la fiesta o la caja navideña.

Y hablando de la cajita feliz, a mi hermana en su trabajo ya se la entregaron pero no la lleva a su casa porque quiere ahorrarse de comprar “lo dulce” para la noche navideña. Rebusques legítimos en épocas complicadas.

Luego de guardar un retraído peceto (también congelado) y algo de carne molida que reparten desde un carro me fui caminando para ver qué pasa más allá.

Porque ahora la clave es caminar pero no como antes: ahora se camina por whatsapp. “Gracias por el dato, nos tendremos que ayudar así estos meses” me dijo una amiga asustadiza y que ya vive “su apocalipsis”.

Los infaltables

Si hay algo que siempre tuvo el sándwich de miga es que lo hacemos pensando en el mañana. Tiene esa generosidad de calmar ansiedades y casi que no lo comemos durante la cena porque es para el día después. Bien envueltos pasarán la noche en la heladera con el fin de sofocar el ragú del 25. Varias son las ofertas de los 100 con jamón y queso que decoran la ciudad. Si pasó por tu cabeza que esta vez la paleta no se note, te entiendo y te abrazo fuerte.

Si me alejo de los que hacen y comen la “Torre de panqueques”. Hay algo de maldad en esos sujetos. Es perverso como construyen una pilastra de masa con zanahoria rallada y lechuga, en demasía, para abultar la escultura y mezclar los sentimientos más oscuros con jamón, queso y huevo. Gracias, pero no quiero.

¡Hola bondiola! Mechada, al horno, fría y con ananá. Este noble corte no solo baja el precio en la balanza, también les gusta a todos. Poco importan los veganos y vegetarianos cuando hay que pensar en comer rico y barato.

Abran espacio para el pollo arrollado que terminó siendo relleno y será hecho en casa para acompañarlo con una rusa que nunca falla.

¿Y de postre? adiós ensalada de frutas y bienvenido tiramisú pero nos enfrentaremos con un problema grave: la falta de café en las góndolas de Mendoza. Si hasta sería buena idea poner de regalo un kilo del mejor tostado en el arbolito, como una señal que podremos soñar pero despiertos.

¿Las bebidas? Que cada uno traiga la suya y que la casa provea la moda que se toma: agua con pepino y limón. Todo sirve como el vino añejo que la tía guardó para la ocasión que será recibido para poder pasar el turrón.

Ahora sí, estamos todos reunidos y queda conformada la mesa: adornada, iluminada y afuera. Regalos para los más chiquitos y muchas ganas de pasarla bien, sin hablar de los políticos y muchos menos de Milei.